Sorpresa
El cierre de la sección de libros del Washington Post puede parecer, a primera vista, una noticia menor dentro de la larga lista de recortes que atraviesa el medio. La desaparición de unas páginas dedicadas a reseñas literarias podría interpretarse como un ajuste inevitable: menos lectores, menos ingresos, menos espacio para aquello que no genera clics inmediatos.
Las secciones culturales de los diarios nunca existieron únicamente para satisfacer una demanda previa, sino para crear públicos. Los periódicos generalistas funcionan como un territorio de encuentros inesperados. El lector abre el diario buscando política o deportes y termina leyendo una crítica teatral, la reseña de un poemario o un ensayo sobre una novela que jamás buscaría por su propia iniciativa. No es un desvío accidental.
El periódico asume que la curiosidad puede ser cultivada. Las páginas culturales son una invitación silenciosa a quienes todavía no saben que les puede interesar la literatura, el cine o el arte contemporáneo.
El problema es que esa lógica entre en conflicto con las decisiones editoriales se apoyan en métricas de comportamiento —qué se lee, cuánto tiempo se permanece en una página, qué genera más interacción—, en las que el lector deja de ser concebido como alguien a quien sorprender. Si los números indican que las reseñas literarias generan menos tráfico otras secciones, eliminarlas parece la solución obvia.
Pero el dato encierra una trampa. Los algoritmos miden lo que ya ocurre, no aquello que podría ocurrir si la oferta fuera distinta. Cuando un medio decide publicar únicamente aquello que confirma las preferencias previas de su audiencia, deja de ampliar horizontes y comienza a reproducirlos. Sin un horizonte de oportunidades para el lector, terminará por aburrirlo.
El modelo algorítmico que promete eficiencia puede terminar erosionando aquello que hacía valiosos a los periódicos: su capacidad de introducir lecturas inesperadas, pequeñas interrupciones del hábito.

