¿Solo una anécdota?
Cuenta una anécdota del Nobel que dijo que el periodismo era el mejor oficio del mundo, que cuando estaba trabajaba de becario en el periódico de su ciudad, le tocó cubrir la noticia de una isla cuyo nombre no había escuchado en su vida. ¿Se escribía con hache o sin ella? Desesperado, buscó en todos los libros posibles, enciclopedias, artículos, el archivo del diario. Nada encontró. Las madres son capaces de encontrarlo todo, recordó, y marcó el número de la suya, y ella también se puso manos a la obra y revisó todos los libros de consulta que tenía a la mano. Incapaz de darle una respuesta a su hijo, cerró los ojos y le llamó de vuelta. Se escribe con hache, dijo. Él le hizo caso y mandó a imprimir la nota. Al día siguiente, la madre llama emocionada a su hijo. Acerté, grita. ¿Cómo así?, replica él. Sí iba con hache, querido, contesta ella. Y remata: Lo acabo de leer en el periódico.
Rio cada vez que lo recuerdo. Lo que aparece impreso deja de ser duda y pasa a ser certeza doméstica, conversación de café, argumento definitivo en la sobremesa. Si está en el diario, será verdad, sostienen algunos con una fe casi religiosa, como si la tinta tuviera algo de sacramento.
A veces el periodismo da vértigo. Publicar sobre todo, porque uno cree que solo está rellenando líneas contra reloj, peleándose con un titular o intentando que cierre una crónica antes del cierre de edición, y sin darse cuenta está construyendo memoria. Alguien va a leer eso mañana para entender el mundo. O peor: para explicárselo a otro. Y así, entre prisas, un artículo se ve convertido en verdad oficial durante veinticuatro horas o durante la eternidad.

